El vértice



Hay una estructura en mi cuerpo, son esquinas, andamios y cimentos que periódicamente se estremecen, agotan la columna que es mi sostén, que está a mi lado desde que existo en el lugar de mis sueños cuando huyo de este mundo, pero la columna permanece, me protege contra mis desafueros y sé que me ama.
Era yo incipiente de cuerpo cuando esa columna, los tomó con su luz intensa en una de mis esquinas que apenas definían su ángulo. Desde entonces vive eternamente en mí, constituida en mi único vértice.

Hay estaciones que se mueven en esa, mi estructura. Como regla natural de vida, vienen y van una y otra vez en todos estos años en que he crecido y la columna envejece a mi lado y aunque la luz de esa columna no es tan intensa como antes, creo que es sólida a ratos, tal vez los ratos en que yo se lo permito. A veces me pregunto si existe en mi submundo, subrepticia y silenciosa a la espera de mis deseos, porque yo misma le negué la virtud de ser. ¡Dios qué terrible si así fuese!

Cuando la observo en mi tiempo de invierno, la amo y la añoro aunque ella en realidad nunca se mueve de mi lado y mi cuerpo vive aferrado a ella. Hay otro tiempo, el de mis venas en el primer equinoccio, el tiempo de los sentidos que se dejan deslumbrar por otras columnas que parecen sostenes más sólidos o más atractivos, en que no deseo que esté en mí, trato de apartarla y aunque es sólida y tiene buen temple, la columna sufre, la veo apagarse aún más y me desgarro. Otras veces cuando el sol me despierta la piel y el olor a océano se apodera de mi vientre, ignoro por tiempo indefinido su tristeza y huyo hacia mis fantasías y sueño que son verdad. Trasiegos los cimientos, intento abandonarme en otra estructura, y a veces, sólo a veces, en alguna otra columna. Pero mis ángulos están atados de por vida y las piedras de mi memoria que no se inmuta, permanecen allí aunque acompañen a mis pies y a mi cuerpo, a correr tras alguna estampida. Y vuelve la columna a sostenerme y a curarme las heridas, cuando regreso insoluta sin haber llegado siquiera a vislumbrarla.

Hay instantes de vida, dentro de los miles de ladrillos que se construyeron a mi alrededor,en los que me encuentro afuera y no consigo entrar, entonces me asusto. Otros, la mayoría de las veces, estoy dentro y no quiero salir o no puedo y esas dos líneas se disipan como las esquinas de mi cuerpo, como los deseos de mis sienes hirviendo que se ahogan en los fallidos sueños por donde se me escapan las fantasías, después de agotarlas con mis realidades y después de golpear con furia a esa columna que es también mi vértice, mi querido taumaturgo que soporta en silencio y se hace más eterno y verdadero.


Elena López Meneses





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